domingo, 5 de febrero de 2012

[Cuento de Hadas] La Mezquindad
















Érase una vez un mundo donde reinaba el delirio y la frivolidad desorbitada. Este reino lóbrego era gobernado por su majestad Furor de la Noche, omnivagante noctámbulo, ente psicopompo y maestro generoso dadivoso del Éxtasis. El elixir cautivador y revelador del gran arcano del amor y la voluptuosidad. Aquel misterio que persiguen los humanos desdichados con aullidos melancólicos en la noche, inalcanzable e intangible. Como el canto de los lobos a media noche de plenilunio, donde las alimañas de terror sugestionan y seducen a los degenerados y enfermos mentales. Carne de cañón, vástagos de la ignorancia y estupidez humana que han sembrado durante eones desde su expulsión del Paraíso Terrenal. Conmueve tanta muestra de afabilidad con la que dedican los humanos a sembrar su memez y su soberbia. El terror de la belleza y la morbosidad del sublime que aliena a locos con labios obscenos rebosante de espumajo. Es la misma esencia del ser humano lleno de egocentrismo y frivolidad, que aun viviendo cada momento en el filo de la muerte, cree que será eterno y su vida realmente importante. Eso es lo que los trasgos y las hadas del bosque odian más que nada en el Mundo. Es esa devoción por la que han dedicado su existencia a crear desolación en la vida absurda y efímera de esos estúpidos humanos. El canturreo de las aves nocturnas se confunden con las carcajadas malévolas y alborotadas de hadas, trasgos y otras alimañas noctámbulas, y especialmente cuando con abominación y alevosía arrancan el suspiro a uno de esos mentecatos y humanos vanidosos. Algunos que aun son conscientes de ello y tiritan dominados por un pavor sin igual al escuchar el canto de los lobos, saben que en realidad son lobisomes que arrancan con sus fauces los rostros de belleza ingenua.


Los ancestros de los túmulos braman desesperados y vociferan cantos nostálgicos cuando los humanos los visitaban afablemente y ofreciéndoles presentes en su descanso de la noche. Son los únicos que podrían aplacar la cólera de los seres nocturnos, pero el ser humano en su estupidez prefirió abandonar las antiguas costumbres en pos de la modernidad, el progreso y la juventud eterna. Estupidez divina y angelical de seres tan vanidosos que al fin y al cabo serán pasto de gusanos.



Sin embargo, solo conocerán el terror en cada instante de su mísera vida. Los mismos seres noctámbulos dedicarán con exquisitez un tortura sin fin y el placer se dibujará en sus rostros a poder realizar la venganza soñada.


Pero, aquella noche sería el momento de Arturo cuando vagaba en los senderos lóbregos de la urbe maldita, errabundo y embriagado de éxtasis divino del Templo de la frivolidad. Había conseguido llenar su ego aprovechándose y consumiendo a una damisela tan alienada como él. Desconociendo el amor o la sensualidad, simplemente el consumir un placer efímero, sin voluntad más allá de utilizar al otro como mero objeto de deseo y sin profundizar en sus sentimientos. Arturo utiliza la gente igual que utiliza el papel higiénico o los kleenex. Las personas son para utilizar y tirar.



En la lejanía se divisaban la siluetas de los árboles y la floresta del parque del barrio. El insensato de Arturo se acercaba sin tener consciencia de que un cuadrillas de seres feéricos aguardaban su llegada en las ramas.


Su gracia Reina Mab, en la lejanía se acerca un mentecato imberbe - el Gnomo Mjøðvitnir balbuceaba sonriente - será nuestra próxima víctima


Mi fiel vasallo, esta noche será un encanto y un placer danzar alrededor de su cadáver- Profería una risa jugosa e infantil – Prepara las dagas y las saetas



Me arrodillo ante su gracia – decía el gnomo mientras hacía un ademán – Mi llena de placer y honor servirle


El gnomo extrajo un filo sediento de sangre y se lo ofreció a la Reina de las hadas – Sería un gran honor poder ofrecer a su gracia el primer dardo que causará el fin de este malandrín.


La reina se aferró con fervor al mango de la daga y presto en el momento que el berzotas de Arturo estaba en diana, se estampó el mismo mango en las partes nobles siendo un golpe errado y causando una situación imprevisible. Solo un saltimbanquis puede entender lo que sintió Arturo en esos momentos nocturnos golpeado entre sus nalgas y la capacidad de desplazarse en los aires con una agilidad sobrehumana, que al fin y al cabo era una expresión de un dolor intenso y agudo. Un rostro caricaturesco y deforme en una mezcla entre horror y sufrimiento. Y un viaje extraordinario a unos metros de distancia como habría conseguido un gato salvaje. Es obvio que Arturo no era una persona dotada de mucha destreza y el impacto en el suelo fue realmente aun más dramático. Pero, lo que sorprendería los últimos recuerdos del cafre de Arturo no fue ese golpe, sino a continuación de un asalto de extraños hombrecillos presos del furor y que encolerizados golpeaban su cuerpo frágil por todos los rincones, mientras reinaba carcajadas y el jolgorio.

Al día siguiente un anciano encontró su cadáver magullado y desfigurado. En las autoridades dedujeron que fue un ajuste de bandas y el caso fue archivado por falta de testigos. Por ello, fue preso de la prensa sensacionalista que vendió carnaza para los sedientos de morbo y disfrute del dolor ajeno, tan propio de nuestra sociedad deshumanizada y alienada de principios









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Manifiesto Sónico

Manifiesto Sónico
Deben estar todos locos


«[…] A Alicia le pareció que esto no tenía vuelta de hoja, y decidió hacer otra pregunta:

¿Qué clase de gente vive por aquí?

- En esta dirección - dijo el Gato, haciendo un gesto con la pata derecha- vive un Sombrerero.

Y en esta dirección - e hizo un gesto con la otra pata- vive una Liebre de Marzo. Visita al que quieras: los dos están locos.

- Pero es que a mí no me gusta tratar a gente loca - protestó Alicia.

- Oh, eso no lo puedes evitar - repuso el Gato- . Aquí todos estamos locos. Yo estoy loco. Tú estás loca.

- ¿Cómo sabes que yo estoy loca? - preguntó Alicia.

- Tienes que estarlo afirmó el Gato- , o no habrías venido aquí.

Alicia pensó que esto no demostraba nada. Sin embargo, continuó con sus preguntas:

- ¿Y cómo sabes que tú estás loco?

- Para empezar -repuso el Gato- , los perros no están locos. ¿De acuerdo?

- Supongo que sí - concedió Alicia.

- Muy bien. Pues en tal caso - siguió su razonamiento el Gato- , ya sabes que los perros gruñen cuando están enfadados, y mueven la cola cuando están contentos. Pues bien, yo gruño cuando estoy contento, y muevo la cola cuando estoy enfadado. Por lo tanto, estoy loco.

- A eso yo le llamo ronronear, no gruñir - dijo Alicia.

- Llámalo como quieras - dijo el Gato- . ¿Vas a jugar hoy al croquet con la Reina? […]»

Cualquier forma de vida fuera del planeta que se acercara y observara detenidamente la conducta del ser humano solo podría llegar a una certera conclusión: «deben estar todos locos». Cheshire movía la cola cuando estaba enfadado y gruñía cuando estaba dichoso, el ser humano devora su entorno y a su propia especie para ser feliz, y cuando está enfadado se dedica a vociferar en programas absurdos de televisión o convertir la vida propia y de los allegados en una pesadilla. Es muy irónico constatar la proclama triunfadora de la «ley del más fuerte», cuando creo yo que debería decirse que es la «ley del más débil». Para que en este planeta dominen cuatro machos alfas, tiene que someterse un ingente de mediocres cobardes y atormentados, subproducto residual del adoctrinamiento de la «Gran Secta». Falseo un poco la realidad –me disculpo de ello– hay «fuertes» entre los mediocres que a pesar de sufrir condena se niegan a rendir pleitesía a esos machos alfas entrajados, que en su delirio se regodean en encuentros de aristócratas burgueses y que vociferaban hace unos años que «la Historia había acabado» y lo más cómico de todo es verlos ahora pudriéndose en su cinismo cuando afirman que «la lucha de clases» existe y que «ellos están ganando». Me pregunto qué entienden estos machos alfas que intentan jugar a ser «Dioses» y cuando lo único que logran reflejar su más mísera mediocridad. Sí, es realmente inaudito poder ser testimonio de esta aristocracia de pusilánimes que se creen en su más puro delirio amos del mundo, y compitiendo como dos pulgas que se pelean por quién es el dueño del perro donde cohabitan. Como buenos patriarcas de una gran familia –la raza humana– les han concedido generosamente una hermosa herencia: «la cobardía», «el chisme», «el egocentrismo de hormiga», «la inteligencia de cabeza de chorlito» y demás infamias. Han logrado lo indecible, tanto a jugar a ser dios, han creado un humano a su imagen y semejanza. «La ley del más débil» –que es el modelo hegemónico en nuestra sociedad– ha creado seres unidimensionales, autómatas y esclavos del bulbo raquídeo sometidos a la tubo de cristal –bueno, ahora somos más modernos, ya no es un tubo, sino pantalla de plasma LCD (¿o quizás era LSD?)–. Dicho engendro del Diablo ha logrado la cobardía en las vidas cotidianas. La violencia se está apoderando de las calles y podemos observar las miradas atónitas de estos autómatas del tubo sin ninguna iniciativa. Luego en su miseria de cobardía solo se les ocurra la idea genial de solicitar más y más agentes de la ley, como si ellos realmente pudiesen controlar la voluntad de todos los individuos desviados de luz. Hace unos años, una alma en pena que conocí me relató que un día su compañero se la llevó a un pub con el objetivo de emborracharla porque era la única manera de poseerla, y como ella se negaba, la golpeaba una y otra vez ante las miradas de indiferencia de los cobardes presentes. Nadie hizo nada y así es lo mismo con todo lo que ocurre.

Creo que es muy pedante sucumbir a una «superioridad moral». El ser humano puede ser sublime o mediocre, y cualquiera de ellos en según que contexto pueden demostrar un tipo de inclinación. Sin embargo, la historia está lleno de momentos en que el ser humano gozaba de más gloria, el mismo ser humano que hoy en día está intoxicado del fútbol y de los programas del corazón. Me explicaron hace tiempo que «L'Ateneu Enciclopèdic Popular» de La Ciudad Condal en la Segunda República tenía más socios que el Fútbol Club Barcelona –obviamente, todos obreros o mayoritariamente–, como encontramos el delirio de acercarse a futbolistas de renombre como Messi, pues en aquellos años era nuestro amado poeta Federico García Lorca. Por ello, llego a la conclusión que hay que abolir «la ley del más fuerte» –o mejor dicho «la ley de los débiles»– para imponer «la ley de las/os fuertes». Una sociedad de mujeres y hombres libres, ilustrados, librepensadores y filántropos. Las y los «fuertes» adolecen de miseria mental y de mediocridad, porque la «fuerza» solo tiene un sentido que es glorificar la humanidad levantando al quien está en el suelo. Solo es posible una sociedad de humanos «fuertes» cuando no hay débiles y cuando todos son libres, porque la ausencia mínima de libertad en un solo individuo es suficiente para pervertir y contaminar al resto. Todo el mundo sabe que una manzana podrida puede degenerar toda una cosecha.

No soy duro gratuitamente con la raza human. No la odio ni soy tan nihilista como para no importarme sus vidas mediocres. Lo que ocurre que sé que son capaces de mucho más y la historia está plagado de experiencias que reafirman mi percepción. Puedo ser taciturno y algo criticón, pero creo con firmeza que se ha de ser franco y romper de una vez por todas la «dictadura del pensamiento correcto», no para ser cínico, sino para hablar claro aunque eso pueda inducir al error.

Por ello, creo oportuno y necesario sacar a relucir las miserias de esta sociedad con este blog «Peter Pan – Revolución Sónica» y por ello, ser un espacio de opinión sobre esta sociedad víctima del delirio comatoso. Ser un espacio sin reglas y donde reine la anarquía, el lenguaje surrealista y la creatividad. La sátira y un lenguaje fantástico que sean pautas para retratar nuestra realidad absurda. Un conglomerado de decibelios sónicos que envuelvan el espíritu para volver a ansiar la emancipación y el despertar del yo. Furia de acordes que nos despierte de esta pesadilla, y como el «Mito de las Cavernas», ascendamos por el túnel hasta lograr salir para contemplar el sol. No pretender forjar dogmas o adoctrinar. Somos hijos de esta sociedad mediocre y por tanto, no adolecemos de este virus. Obviamente reconozco que este manifiesto no deja de ser «el derecho a la pataleta» que al parecer es lo único que nos queda.

Para finalizar deleitémonos con un monólogo del «Club de la lucha»:



Y unos temas musicale lleno de coraje incitando a subversión sónica, como decía los Eskorbuto «aunque esté todo perdido, siempre queda molestar».





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